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¿Feminismo o “feminazis”?

Opinión
Tipografía

En los últimos tiempos, ha sido muy notorio el manejo de ambos términos, así como la fuerte crítica al segundo de estos, por lo que es importante señalar la principal característica que distingue uno del otro: fanatismo.

Es evidente como algunas mujeres, en nuestra búsqueda por la equidad, podemos llegar al otro extremo de lo que, supuestamente, estamos tratando de evitar; es decir, discriminación.

Donde esto se hace más evidente es en los programas de paridad de género, los cuales, han sido implementados para nivelar la representatividad de las mujeres en la esfera laboral, pero se ha hecho mucho más énfasis en materia política, por la justificación de aumentar el porcentaje de mujeres en sectores de dominación masculina, lo cual, me parece que denota discriminación pura; es el reconocimiento propio de la debilidad por el simple hecho de ser mujeres; dicho coloquialmente: “puede que tenga habilidades, virtudes y que sea muy inteligente, o tal vez no, pero soy mujer, ¿dame chance no?”.

Cito un ejemplo: el artículo 233 de la Ley General de Instituciones y Procedimientos electorales establece que de la totalidad de solicitudes de registro de candidatos a Diputados y Senadores que presenten los partidos políticos, deberán integrarse salvaguardando la paridad entre los géneros; en pocas palabras, no dejar a las mujeres por fuera, dales la oportunidad de trabajar, no importa si con capaces, si merecen la candidatura; son mujeres.

Es discriminación disfrazada de protección, pues se nos está concediendo un privilegio condicionado únicamente a nuestro género; nos estamos victimizando y queremos que se nos premie por ello. En pocas palabras, es “auto-discriminación”.

Es necesario que veamos la equidad de género como una lucha de la sociedad, en la que ambos sexos, busquen la igualdad de oportunidades, no de condiciones, sin excluir a los hombres y exigir prioridades, basada en la solidaridad, sin exclusión.

Las oportunidades están ahí afuera, esperando por nosotros y es nuestro deber como personas, no como mujeres, el saberlas aprovechar, estar conscientes de nuestros derechos, así como de nuestras obligaciones, y poder ejercer ambas, sin necesidad de imponernos como un requisito por llenar. Podemos ser más que eso; necesitamos romper con los estereotipos culturales y los roles que la historia se ha encargado de encasquetarnos y así vencer los obstáculos que se nos presentan en forma de discriminación.

Estoy segura y soy fiel creyente de que la equidad de género se puede lograr sin tener que establecer medidas y sin que la ley obligue a las empresas, organizaciones, etc., a tomarnos en cuenta.