‘Nos estamos acostumbrando a esta vida’: Los migrantes centroamericanos en Tijuana

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“Nos estamos acostumbrando a esta vida”, dijo Norma Pérez, de 40 años, quien salió de Honduras en una caravana migrante

TIJUANA — La vida en el refugio para migrantes más grande de Tijuana ha comenzado a adoptar los ritmos y los sonidos habituales de un barrio de Centroamérica: a primeras horas del día, los adultos se levantan y se alistan para ir a trabajar; los niños se visten para ir a la escuela; las madres juntan enormes bultos de ropa sucia para el lavado diario; los vendedores ofrecen café.

“Nos estamos acostumbrando a esta vida”, dijo Norma Pérez, de 40 años, quien salió de Honduras en una caravana migrante con dirección a Estados Unidos hace dos meses con su hijo de 5 años.

Durante semanas, caminaron desde Centroamérica hasta la frontera entre México y Estados Unidos, huyendo de la pobreza y la violencia. En el camino, el presidente estadounidense, Donald Trump, describió a los migrantes como un peligro, invasores tratando de abrirse paso hacia Estados Unidos a como diera lugar. Pero ellos no detuvieron su travesía al norte.

Cuando llegaron a la frontera, Tijuana no estaba lista para recibirlos. Las condiciones eran deplorables y los migrantes se sorprendieron de no poder solicitar asilo de inmediato. En dos ocasiones, grupos de migrantes se acercaron a la valla fronteriza y fueron repelidos por los agentes de la patrulla fronteriza con gas lacrimógeno y gas pimienta.


 
Lidia Romero, mexicana, y Pedro Córdoba, migrante de Honduras, posan para fotografías antes de su boda en un refugio para migrantes en Tijuana el mes pasado. CreditGuillermo Arias/Agence France-Presse — Getty Images
 

Pero ahora la vida de muchos de los recién llegados ha tomado su rumbo.

El nuevo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha comenzado a cumplir sus promesas de crear alternativas para la inmigración y ya ha empezado a dar a conocer un plan para aumentar los salarios a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos.

Además, los migrantes mismos han empezado a crear un sentimiento de comunidad en los albergues de aquí, como en el más grande de la ciudad, conocido como El Barretal. Dicen que no tienen ninguna intención de regresar.

“[Trump] debería ir personalmente a Honduras para que pueda ver con sus propios ojos que sencillamente no podemos regresar, no hay empleos ni empresas, nada”, comentó Pérez.

Así que Pérez se ha establecido en El Barretal, un auditorio para conciertos convertido en albergue donde las tiendas están alineadas en filas ordenadas sobre el piso de concreto limpio. Para los miles de migrantes como ella que están en El Barretal y otros dieciocho refugios de Tijuana, esta es su casa… por ahora.

Mientras espera su oportunidad de solicitar asilo en Estados Unidos, Pérez ha decidido solicitar una visa humanitaria provisional en México. Eso le permitirá encontrar un trabajo en Tijuana para mantenerse a ella y a su hijo durante el tiempo que sea necesario, comentó.


 
A medida que los migrantes se han establecido en Tijuana, la vida ha adquirido un ritmo familiar.CreditMohammed Salem/Reuters

Rodolfo Figueroa, funcionario del Instituto Nacional de Migración mexicano, explicó que a la mayoría de los migrantes que llegaron a Tijuana con la caravana, les han aprobado las visas humanitarias que han solicitado; en poco más de un mes se han entregado 2200 visas, dijo. Alrededor de 1300 migrantes han sido deportados o han regresado voluntariamente a sus países de origen, agregó.

Temprano, una mañana cualquiera en el albergue de El Barretal, los migrantes que ya tienen una visa mexicana provisional se dirigen a su trabajo como vendedores de carne y pollo en un mercado cercano; otros se encaminan a sus empleos como choferes de camiones, albañiles u obreros en las maquilas de aparatos electrónicos de la ciudad.

El director del refugio, Leonardo Nery, mencionó que el número de personas que vivía ahí pasó de tres mil hace un mes a casi mil, puesto que algunos migrantes encontraron vivienda por su cuenta en la ciudad. Otros cruzaron a Estados Unidos o regresaron a casa.

Alrededor de las 10:00, los altavoces en el interior de El Barretal anunciaron que los autobuses enviados por el gobierno federal mexicano habían llegado para llevar a los que estuvieran interesados en solicitar visas humanitarias mexicanas a una oficina de inmigración. La misma voz les recordó a los migrantes que recogieran la basura que encontraran y la colocaran en los botes disponibles.

Al mediodía de casi todos los días, comienzan las clases de inglés en el interior de una pequeña tienda de campaña blanca con alfombras azules sobre el piso de concreto. En las mesas, había piezas de un rompecabezas junto con dibujos y crayones. En las paredes, se veían carteles con los nombres de los colores.


 
Una niña hondureña espera un obsequio de una organización de la sociedad civil en Navidad afuera de un refugio en Tijuana. Los migrantes han comenzado a crear un sentimiento de comunidad en los refugios. CreditDaniel Ochoa de Olza/Associated Press

Darwin Bardales, un hondureño de 18 años, comenzó a trabajar como voluntario en la escuela de inglés del refugio.

“Se siente bien hacer algo por los demás, en especial, los niños”, dijo. “Después de todo, todos estamos en la misma situación vulnerable”.

Por lo general, los niños toman clases en inglés y español, aprenden a leer, colorear y a comer alimentos saludables. El 4 de enero, las clases empezaron algo tarde: la llegada de osos de peluche donados y piñatas acaparó la atención de los niños hasta que una voz de mujer se escuchó en el altavoz.

“Hola a todos, soy su maestra”, dijo. “¡Es hora de ir a clases, niños!”.

Los migrantes adultos esparcidos alrededor del albergue vitorearon en respuesta.

Grupos de asistencia privada y elementos de la Marina de México cocinan y distribuyen los alimentos dos veces al día: arroz, sopa y sándwiches. Se trata de una existencia básica, pero se han forjado amistades y al menos hubo una boda en un refugio del centro.


 
Los migrantes hacen fila para recibir un plato de paella en el refugio de El Barretal en Tijuana, México. Grupos de asistencia privada y elementos de la Marina de México cocinan y distribuyen los alimentos dos veces al día. CreditGuillermo Arias/Agence France-Presse — Getty Images

El viernes por la mañana, José Daniel Castro, de 44 años, ya estaba ocupado administrando la que se ha convertido en la tienda del refugio, donde vende cigarros, dulce de papa, sopa y otros productos básicos a toda hora.

Castro salió de Honduras a mediados de octubre. Ahora compra productos en Tijuana todas las mañanas y gana unos 20 dólares diarios revendiéndolos, lo suficiente para comprar su propia comida, dijo. Debido a que ya fue deportado de Estados Unidos en tres ocasiones, planea quedarse en México de manera indefinida, trabajando como vendedor, comentó.

“Puedo trabajar aquí y ganar un poco de dinero”, comentó. “Eso ya es mucho más de lo que puedo decir de mi país. Al final, todo lo que queríamos era trabajar y ayudar a nuestros seres queridos en casa”.

Taracio Pérez se quedó de pie sosteniendo botellas de refresco, esperando a que llegaran clientes.

“Estamos luchando y batallando”, comentó Pérez, quien también limpia pisos en un restaurante del centro de Tijuana. “El sueño era y es Estados Unidos, pero se ha vuelto tan difícil y peligroso para nosotros que lo mejor es trabajar mientras esperamos que las cosas mejoren”.

Sus primeros días en Tijuana en noviembre pasado fueron caóticos y una amarga decepción, comentaron los migrantes. El gobierno de Donald Trump ha limitado el número de solicitantes de asilo que pueden recibirse en un día, ha separado a los padres de sus hijos, ha enviado soldados para patrullar la frontera, e, incluso, cerró parcialmente la administración federal desde el mes pasado en un intento por obtener financiamiento para un muro fronterizo.


 
Los migrantes compartían un cigarro en Tijuana mientras buscaban un lugar para saltar el muro hacia San Diego.CreditDaniel Ochoa de Olza/Associated Press

Originalmente, se encontraban en una unidad deportiva al aire libre, cuando los migrantes vieron cómo una lluvia torrencial convirtió el suelo alrededor de sus tiendas improvisadas en lodo. Los niños comenzaron a enfermarse y los adultos se desanimaron.

Sin embargo, para muchos, esas penurias parecieron momentáneas y menos amenazadoras que las condiciones que habían dejado en casa. Además, la vida en El Barretal es una mejora definitiva en comparación con esos primeros días entre el agua.

Elisabeth Ponce, de 38 años, se ponía en el rostro los últimos toques de maquillaje antes de comenzar su trabajo. Llegó de Honduras y ahora tiene trabajo en el albergue entregando productos de baño, medicamentos y otros suministros básicos.

Huyó de Honduras, como muchos otros, por temor a perder la vida tras ser amenazada por las pandillas. Unirse a la caravana fue una decisión radical: significó dejar atrás a sus cuatro hijos y aventurarse a salir de su país por primera vez, a sabiendas de que no tenía a nadie para ayudarla si alguna vez lograba llegar a Estados Unidos.

Ahora sabe que quizá nunca le den el asilo que solicitó y que cruzar de manera ilegal es peligroso, pero sigue decidida.

“Voy a intentarlo, a pesar de todo”, dijo.

Con información de New York Times