Venezuela 'muere' de hambre, y estas fotos te lo demuestran

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Las imágenes de Maduro cenando en un restaurante de lujo indignaron a los venezolanos, y más cuando para muchos de ellos la escasez se ha vuelto evidente; Businessweek documentó casos de personas que han perdido kilos por la falta de alimentos.

Mientras Venezuela atraviesa su peor crisis económica en la historia, el presidente Nicolás Maduro cenó en uno de los más lujosos restaurantes de Estambul durante su gira en China y Turquía, y Bloomberg Businessweek documentó cómo el hambre ha mermado incluso en la apariencia de sus ciudadanos.

Mucho se ha escrito sobre el hambre venezolana desde que años atrás la otrora potencia petrolera se hundiera en el caos económico.

El drástico racionamiento de alimentos, la creciente desnutrición y, en algunos casos extremos, la inanición, conforman una agobiante cotidianidad.

Pero si esta realidad no se vive de primera mano es difícil comprenderla y sentirla: ver cómo el rostro de un vecino de años se transforma y adelgaza lentamente, o notar cómo la camiseta favorita de tu papá cuelga ahora anchamente sobre su parca figura.

Decidimos fotografiar a cinco venezolanos, predominantemente de barrios de clase trabajadora y que han acusado el mayor castigo, pidiéndoles que compartieran imágenes recientes, o de sus años mozos.

Los cambios en su fisonomía son evidentes. Una persona ha perdido 28 kilos. Otra, 35.

Algunos habían sufrido de sobrepeso, resultado en parte de la dieta típica venezolana: abundantes alimentos fritos y ricos en almidones, que se ingieren en cenas servidas en la noche.

Una de ellas ha incluso escuchado que se ve mejor ahora.En realidad, no se siente mejor.

Se siente igual que los demás: débil, derrotada, deprimida. Para ellos, el reflejo de caras estrechas que devuelven sus espejos es un recordatorio cruel y eterno de todo lo que han perdido a lo largo de la peor crisis económica que ellos, y el resto de su país, han conocido.

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“Toda esta crisis nos ha cambiado la vida. Es horrible.”

Llora y está furiosa, en una rápida sucesión de ideas comenta que tanto ella como su esposo perdieron sus trabajos, y que ella estuvo trabajando como estilista para completar la quincena.

Eso también se terminó cuando decidió vender sus tijeras y una secadora de pelo para pagar algunas facturas.

La dieta de su familia solía estar cargada con proteínas y calorías. Carne, pollo, jamón, huevos, queso y pan dulce eran cotidianos en su alimentación.

Los viernes en la noche se cenaba fuera y el fin de semana era sinónimo de parrillada.

“No podemos pagar nada de eso ahora”. Ni siquiera, dice, un pastel para la fiesta de cumpleaños.

Hoy en día, depende de los subsidios alimenticios del gobierno y le sirve a su familia vegetales y verduras baratas como maíz, apio y yuca. Su hija mayor, de 21 años, quiere irse del país. Sus amigos ya lo han hecho.

Está pensando en probar suerte en Perú. “También lo he pensado”, admite Martínez, con lágrimas que se asoman en los ojos.

“Dejaría a mi hija menor con mi mamá”.

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Cruz no se había percatado que estaba perdiendo peso hasta que un día se asomó a su armario y sacó un traje viejo.

Era demasiado grande. En otra ocasión su sobrino de 18 años le dio una camisa para que se la probase.

Talla pequeña. Le sirvió, solía usar talla grande o extragrande, “Yo mismo me veía en fotos viejas y me decía ‘ése no puedo ser yo’”.

Se sumió en una profunda depresión y se negó a salir de su casa.

“Me decía a mí mismo: no quiero que me vean, no quiero que me vean.

Todos se pueden ir al infierno”.

Su estado de ánimo es un poco mejor ahora. Ha comenzado a trabajar otra vez.

Pero comprar suficiente comida sigue siendo un gran desafío. Se abstiene de desayunar y su cena es por lo general un plato de crema de arroz.

En un día reciente, decidió regalarse unos pedazos de pastel en un café local. Los compró a crédito.

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López confiesa que tiene buen diente y que en un día cualquiera degustaba cuatro o cinco comidas.

Ahora, cuando mucho, come dos veces. Algunos días, ninguna.

“He tenido que dejar de comer para alimentar a mis dos hijas”.

Hablando durante una reciente pausa de mediodía, se le ve agotado.

Su voz es apenas perceptible, su mirada distante.

Describe un reciente accidente que sufrió en el Metro. Hambriento y exhausto, se desmayó.

Se despertó en una silla de ruedas, rodeado de enfermeras atendiéndole lesiones en la cabeza y la espalda. “Quiero que esta crisis se solucione.

Si no hacemos algo, todos vamos a morir de hambre”.

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Montes es la persona de menos peso de los fotografiados y porcentualmente el que ha perdido más comparado a su peso inicial.

Pero de alguna manera, sobrelleva la situación de mejor modo.

Da la impresión de estar casi resignado-y en paz-con su destino.

Una razón clave: todos sus hijos ya son adultos y viven tranquilos fuera del país.

La mayoría de ellos huyó a la vecina Colombia. Sin embargo, todavía lucha a medida que pierde peso.

No puede encontrar, o pagar, cualquiera de los alimentos que tanto le gustan: sopa venezolana, arroz, pescado y empanadas.

“Ahora uno tiene que comer lo que puede”, dice. “No tienes elección”.

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Desde su infancia, Santaella ha lidiado con la obesidad y a lo largo de los años ha probado con varios programas para perder peso.

¿Pero esto? “No hay derecho de que lo pongan a uno a pasar hambre”.

Sus críticas a Nicolás Maduro y su manejo de la economía son lapidarias.

El ascenso de la inflación ha sido tal, dice, que el pollo, carne, pescado e incluso artículos básicos como harina, arroz y azúcar están ahora más allá de su alcance.

Sustituye unos alimentos por otros más baratos, como plátanos en lugar de arroz.

Y su cena es ahora, típicamente, una taza de avena.

En medio de todo, lo que quizá encuentra como más doloroso es ver su cocina tan vacía, “abrir la puerta del refrigerador”, dice, “y ver solo agua”.

Fuente: El Financiero

 

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