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La mayoría de los miembros del Arizona Border Recon son veteranos o agentes policiales ya retirados que se entrenan para reconocer las señales que los migrantes dejan en el desierto.

Cuando el mercado de bienes raíces cayó y Foley, de 57 años, perdió su casa junto a su trabajo en construcción, se mudó a Sasabe, en la frontera entre México y Estados Unidos, para comenzar su propia patrulla fronteriza ciudadana. Foley prefiere decir que su grupo llamado Arizona Border Recon es una organización no gubernamental, pero otros la califican como una milicia y desprecian la idea de que un grupo de civiles, muchos de ellos armados, patrullen la frontera.

Ese domingo, Foley trataba de descifrar las comunicaciones entre los traficantes que su radio portátil había interceptado. Traía una pistola calibre 40 en la mano y a su perro, un pitbull llamado Rocko. Esas eran sus dos armas.

Foley dice que hay una guerra en la frontera sur de Estados Unidos, aunque la cantidad de aprensiones ha disminuido estrepitosamente: cerca de 409.000 en el año fiscal que acabó el 30 de septiembre, en contraste con los 1,2 millones del año fiscal 2005. Estuvo en el ejército estadounidense antes de trabajar en la construcción.

“Los ilegales”, dijo, “tienen identificaciones falsas y tarjetas de seguridad social falsas”.

La Patrulla Fronteriza opera con limitaciones de tiempo y la distancia, dijo. Asignan a muchos agentes al puesto de Tucson, a más de una hora de distancia. “Cuando vienen”, según Foley, “están reaccionando” a la imagen de una videocámara o un sensor en el suelo activado por alguien que pasó por donde no debería haber nadie.

“Ya están retrasados”, menciona. “Nosotros tratamos de ser proactivos”.

Vive en Sasabe; muchos de los miembros del Arizona Border Recon también viven ahí o muy cerca. “Como nosotros vivimos aquí, hacemos esto las 24 horas todos los días”, señaló.

Foley verifica los antecedentes de los voluntarios y sus registros militares, pero no hay un estándar gubernamental ni una entidad que monitoree quién se une las milicias que operan en la frontera sur de Estados Unidos.

La mayoría de los miembros son veteranos o agentes de la policía ya jubilados. Son voluntarios entrenados para leer las señales que los migrantes dejan en el desierto, como una vara rota o el rastro que deja un migrante que no quiere que lo sigan: la huella de un pedazo de alfombra pegada a la suela del zapato.

A los agentes de la Patrulla Fronteriza “en verdad les caemos bien”, aseveró Foley. “Tenemos mucha información de inteligencia sobre qué y dónde pasan las cosas”.

 

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