El Mexicano… Una historia de abuso, explotación y promiscuidad; los Eligios, alcohol y drogas

Tijuana
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El drogadicto al que llaman el Junior, despidió a Sergio Anzures Ochoa, a Alberto Sarmiento y a otros 10 u 11 trabajadores or haber incurrido en la exigencia del pago de su salario de 12 semanas.

Conocí a Eligio Valencia Roque a finales de los 90´s. La primera impresión que tuve de él no fue buena. Era la réplica caricaturesca de don Fidel Velázquez Sánchez, sin embargo, en aquellos años, las condiciones se daban para que me empleara en El Mexicano.

Con todo y la carencia intelectual y profesional, que acentuaban la improvisación en la edición del periódico, a pesar de las herramientas tecnológicas de que disponía entonces la Editorial KinoS.A., de C.V., el matutino se presentaba como la mejor plataforma para la proyección profesional.

Desde mi ingreso a la plantilla de reporteros de El Mexicano, en aquellos días compartiendo redacción con Coco Castillo, Roberto Martínez Cuevas, Viky Fernández (qepd) de Hilario Ochoa y, en la jefatura de información, Sergio Anzures Ochoa, “el ojos”, digo además de un grupo de viejos “levanta notas”, que más que reporteros parecían vendedores de publicidad, como José Luis “El Oso Cortés, un cínico motociclista de tránsito, que por azares de la suerte, cayó al periódico; y como él, muchos que iban a mal escribir, para bien cobrar a quienes mencionaban en sus remedos de notas periodísticas, me di cuenta que la improvisación, la ocurrencia y el remiendo, eran sellos que imprimía en cada edición el mismísimo Eligio Valencia Roque y, en su ausencia, Eligio Valencia Alonso, el Junior, ambos borrachillos de escritorio que disfrutaban el elogio ramplón del grupo de bufones del que se hacían rodear.

La primera impresión que tuve de Eligio, como se menciona al viejo caciquillo pueblerino que asaltó El Mexicano, para adueñarse de él, luego de un movimiento laboral a finales de los 60´s, en el que participaron muchos de los que se deshizo al paso del tiempo, en algunos casos con la paciente espera de que se fueran y a otros, a los que pisoteó y, se dice que a algunos, desapareció, fue lo que confirmé con el paso de los años, es un sujeto mezquino, ladrón, fanfarrón y traicionero. Abusivo y promiscuo.

Por allá supongo que del 2003/2004, la dirección de El Mexicano, decidió despedir al periodista y escritor José Job Flores, “por los purititos huevos de Eligio”, me dijo entonces Horacio Carbajal, uno más de los sujetos serviles y agachones que aguantaban su pisoteo, para mantenerse en la jefatura de personal.

El tema lo conocí de cerca, en un viaje que realizamos a la Ciudad de México.

En uno de esos prolongados silencios que acostumbraba Eligio, estábamos en la mesa de uno de los comedores del Presidente Chapultepec, cuando le pregunté:

─Oiga Don Eligio ¿cuál fue el problema con Job? Yo lo veía muy cercano con usted; ya ve que hasta de paisanos se trataban…

En eso estaba, cuando el viejo Valencia Roque soltó:

─Ya no servía… Pensó que me podía ver lo pendejo, pero se equivocó…

Y como siempre fui igualado con Eligio, así mismo lo interrumpí para espulgar más en el tema:

─Pero los demandó, ¿o no?

Raro en él, pero la pregunta motivó que soltara un remedo de carcajada y rematará el tema:

─Intentó, pero no consiguió nada… En la junta, Carbajal y el abogado, ofrecieron reinstalarlo, pero ya no aceptó… Sabía que lo íbamos a encerrar 8 horas diarias y lo íbamos a poner a lavar baños… El trabajo ahí está.

Luego de esa conversación, antes de que llegara un empresario con el que teníamos cita, me quedé pensativo. Supe que estaba frente a un explotador, ladrón y cacique de horca y martillo.

El tiempo me dio la razón, hace un par de días me enteré, que la operadora en la que disfrazan el fraude laboral que diseñan hace unos 5 años, para desaparecer la empresa, en voz de Jesús Velázquez pelele, ladrón y bufón de Eligio Valencia Alonso, el drogadicto al que llaman el Junior, despidió a Sergio Anzures Ochoa, mi amigo “el ojitos”, a Alberto Sarmiento y a otros 10 u 11 trabajadores, por haber incurrido en la exigencia del pago de su salario de 12 semanas, ante la autoridad laboral.